jueves, 11 de noviembre de 2010


Todos los días salía a pasear con su perro a eso de las ocho de la noche. Enfundada en su abrigo gris, sus bufanda a rayas y sus guantes granates . Le gustaba salir con el frío, en otoño sobre todo, oír el crujir de las grandes hojas secas al pisar. Todos decían que era una mujer solitaria, algo huraña, con una belleza frágil, como de porcelana china. Sus amigos no se explicaban como una mujer tan bella, dulce y amable podía estar sola, sin una compañía para compartir su vida. Los del pueblo también lo comentaban, pero ella era feliz. Y era feliz porque realmente tenía todo para serlo. Vivía por el amor de Gabriel. No le importaba si la gente hablaba o si no podía gritarlo, tenía su amor, y eso le llenaba de felicidad, no necesitaba nada más. Se amaban en la oscuridad de la noche, a escondidas, cuando la luna ejerce de vigía, cuando todos dormían ellos hablaban, se miraban y se tenían.
Teresa esperaba cada llamada, cada mensaje en su teléfono como una inyección de vida. Se veían, a ojos de todos, como unos eternos amigos, tal vez una hipocresía demasiado fría de cara a los demás, pero debía de ser así, no cabía otra posibilidad. Llegó sin querer y sin buscarlo, y es que el corazón no entiende de compromisos ni de promesas eternas. Así seguiría siendo por muchas razones, razones que por temor, miedo y compasión no dejaban volar libre a un amor que estaba detrás de las cortinas, pero tan puro y eterno como la propia vida. Estar juntos al amanecer estaba prohibido, como muchas otras cosas que se anhelan y no se pueden tener. Pero no les importaba porque ambos sabían que estaban ahí, que en sus pensamientos siempre estaba el otro, que sus vidas se pertenecían, que se amaban, que se entendía, y eso era lo único que no podían perder.

1 comentario:

Mar del Norte dijo...

Va a continuar la historia?
Yo espero que si...
1beso