viernes, 6 de noviembre de 2009

Un paseo por las calles de la memoria

Aquella noche decidimos no salir de fiesta. Habíamos estado todo el día fuera y estábamos cansados. Cenamos, nos tomamos unos cubatas, nos reímos y después unos a dormir y otros a ver la tele, entre estos últimos tu y yo. Era tarde y los demás televidentes decidieron irse a dormir, tu propusiste darnos un baño pero no quisieron, yo como siempre, te secundé. Y allí estábamos tu y yo, bañándonos desnudos en aquella piscina para nosotros sólos. Una noche tranquila, calurosa, y un vigía que escrutaba todos nuestros movimientos: la luna. Nos tiramos de cabeza, empezamos a chapotear, a tirarnos agua, hasta que uno de nuestros amigos nos dio el toque de que era tarde y querían dormir. Ahora tocaba tranquilidad, había que estar juntos para poder hablar sin hacer ruido, casi pegados. Hablamos durante mucho tiempo de nuestras cosas, de la vida en general; era la situación perfecta, la noche ideal y el escenario preciso. Me salí del agua y me tumbé boca arriba mirando a la luna, de repente apareciste con la boca llena de agua y me lo echaste encima, yo salí corriendo detrás tuyo hasta que te alcancé, te tiré y yo caí encima, ahí estábamos los dos, frente a frente, a cinco centímetros de tu boca, podía sentir tu aliento, tu respiración y también cada latido de tu corazón. Podía navegar por el mar de tus ojos. No se cuanto tiempo estuvimos así pero a mí me pareció una eternidad, y podría haber seguido allí toda la vida. De repente me soplaste y te levantaste de un salto diciéndo: vámonos a dormir, es tarde. Y nos fuimos a dormir, pero yo me fuí con el corazón encogido por haber tenido tan cerca tus labios y no poder besarlos, por no poder abrazarte y haberte dicho: TE QUIERO.

1 comentario:

Ayla dijo...

Uff...que situación más dura...
es complicado decirle a alguien lo que sientes, y más si no tienes seguro que la otra persona siente al menos, algo de interés por ti.

se fuerte, algún día cambiarán las cosas!

besos