sábado, 13 de junio de 2009

Un paseo por las calles de la memoria





Aquel día, el día en que nos conocimos, siempre estará grabado en mi memoria para siempre. Cuando te ví no pude dejar de mirarte. Sabía que algo nos uniría. Sabía que esa cara tenía que estar entre mis manos. Nos miramos y sonreímos a la vez. Esa sonrisa, esos ojos que tanto he amado. Esa simpatía que desbordas a raudales. Enseguida nos presentamos y nos pusimos a hablar. Tu parecías una persona tímida, aunque después el que resultó ser tímido fui yo. Conversamos durante horas. Nos reímos, nos miramos, nos abrazamos. Nunca he sentido tanto con un abrazo, con tu calor, con tu aliento, con tu olor. Hacía frio pero no lo sentíamos, eramos ajenos a cualquier movimiento del universo. Podría haber habido un terremoto que no lo hubiéramos notado. Yo estaba a salvo con tus ojos, con tu sonrisa cálida y cercana. No había mundo fuera. Sólo estábamos tu y yo. El mundo era nuestro, estaba a nuestros pies. No nos importaba nada. Sólo sonreír y eso salía solo, sin forzar. Llegó el momento de despedirnos, resultó algo duro porque ninguno quería abandonar ese momento que parecía infinito, pero teníamos que dejarlo ahí. Volveríamos a vernos, de eso estábamos seguros, aunque ahora debíamos decirnos adiós. Aquel abrazo todavía me eriza la piel. Tu sonrisa nunca se desgastaba, tampoco la mía. Y tus ojos... que decir de tus ojos. Cuando llegué a casa, mi sonrisa todavía estaba en escena, y así sería durante mucho tiempo. Y también estaban tus ojos que se quedaron grabados en los míos. En mi memoria. En mi corazón.

2 comentarios:

7 dijo...

hermosa dimensión, a veces, esa de la memoria

saudos

Mar del Norte dijo...

Al recordar el corazón, el alma, todo vuelve a vibrar... a ponerse en alerta... Es una maravillosa sensación...
1beso