domingo, 17 de mayo de 2009

La Loca


La vida se nos va en todo aquello que creemos importante para nosotros o para los que queremos, pero si aquello sale mal no pasa nada, lo importante es esa experiencia vivida y el calor de los que están ahí apoyándonos en todo lo que nos rodea. Eso es lo realmente importante, saber que hay alguien ahí detrás que estará temblando por tí, nervioso por tí, agradecido y orgulloso por tí; y es por todo eso por lo que tenemos que saber que no importa cual satisfactorio sea nestro paso por aquello que queremos conseguir sino que tenemos el amor y el cariño de los nuestros, de nuestra gente, y que gracias a ellos somos un poquito más grandes.


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Aquella loca no paraba de gritar y cantar canciones odiosas de épocas pasadas. Pero nada la hacía callar, todos los días se salía a la terraza de su casa y empezaba a cantar hasta que se cansaba. O bajaba hasta la puerta de la calle preguntado a todos que donde estaba su gato, al que ella llamaba Chuy. Se pintaba de vivos colores los ojos y los labios y se ponía a preguntar a la gente. Todos se reían de ella, y ella lo sabía, _ ¡Yo no estoy loca! gritaba a todos cuando la decían algo desgradable. Y verdaderamente no estaba loca, vivía en un mundo irreal, paralelo al que le hubiera gustado vivir. Estaba loca por obligación. No era a su gato al que buscaba, no era para entretenerse por lo que cantaba y no se pintaba para estar guapa. Tenía que ocupar el tiempo en algo, y se puso a pensar y a buscar culpables, pero no los había, solo ella tenía la culpa y por eso se decía que estaba loca. Su marido la abandonó cuando la descubrió en la cama con el casero. Pero lo que no sabía era que gracias a ella seguían viviendo allí. Se guardaba sus escrúpulos y su orgullo para poder mantener a su familia en aquella casa que los permitía ser felices. Se llevó a su hijo y nunca más lo volvió a ver. Nunca más volvió a ser la bonita mujer de ojos color miel a la que todos conocíamos como Dora. Efectivamente no había culpables, su marido se gastaba el dinero en juegos y fiestas nocturnas mientras ella hacía lo que podía para poder salir adelante. Pero se quedó sola. Y ya sólo le acompañan sus amigas inseparables: la soledad, la locura y el abandono. Pero no fué ninguna de éstas demoledoras amistades lo que le volvió loca sino el olvido, el olvido del hijo que un día tuvo y que no había venido a buscarla. Se olvidó de ella, de su madre, pero ahora ya no sería su madre, sólo sería la Loca, y ésa ya no le conocería.

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